jueves, abril 27, 2006

breve encuentro

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el dibujo se lo tomé prestado a Dock

El cielo es de un color verde esmeralda. No es extraño el color en sí, es un verde precioso, algo revuelto, lleno de ranas saltando y abriendo sus bocas para croar sin emitir sonido alguno. Lo raro es que estoy acostumbrada a ese cambio repentino de color en mis cielos. Ocurre, sobretodo, cuando me paso un rato con la mente en blanco, con cara de nada...
Normalmente no me cuesta nada aislarme del mundo que me rodea aunque esté en la terminal del aeropuerto esperando a que llegue el avión de Eduardo, mi amante actual y más osado, el que no escatima creatividad ni imaginación al desplegar todo su arte amatorio conmigo y no con una esposa previsible y conservadora. Todo el mes de abril sin él se ha hecho eterno.
Llegaba tarde ese avión, muy tarde de madrugada y yo ya no tenía ni agua, ni chicles de menta, ni tabaco. Anquilosada, ya ni ganas de moverme demasiado. Los bares de la terminal habían cerrados a las once de la noche, poca gente trasegando y sobre mí, un cielo verde pistacho -reconfortante como un edredón mullido- más allá de las vigas y los cristales de los grandes ventanales me invitó a dormitar. La música de Brian en los auriculares me llevó a soñar que Eduardo llegaba y me abrazaba y después introducía la mano bajo mi blusa de lino, me acariciaba los pechos y jugaba con mis pezones. Se apretaron mis piernas, cruzaron y retuvieron intensamente los jugos que pugnaban por mojar mis muslos, echándole un pulso a mi conciencia. Noté sus besos en mi cuello y su búsqueda de mis huecos con su lengua descarada. Abrí los ojos al cielo aterciopelado verde almendra; restablecí el ritmo de mi respiración alterada y esperé que nadie se hubiera dado cuenta de mis ganas de correrme, para levantarme a pedir un cigarro.

Miré y un poco más allá descubrí a ese hombre con cierto estilo de buen-chico-pero-rebelde, inconformista y tímido: alto, rubio, delgado y vestido de negro. Me recordó a Brian en su última visita a España (Ese tipo siempre me atrajo...)

Perdona ¿Tienes un cigarro? Sí, sé que aquí no se puede fumar... ¿Tú también esperas? Saldré afuera a encenderlo ¿Quieres acompañarme?

Cuando me preguntó "¿A quién esperas? me dieron ganas de mentirle a esos ojos verde agua que fueron de mis pechos a mis pupilas previo paso por mi boca. Mentí sin pensar demasiado y, con un asalto de repentino pudor, transformé a mi amante de los últimos tres meses en mi novio formal.

Él vaciló un instante, parpadeó y mintió diciéndome que esperaba a su hermana. Sonreí abiertamente. Sonó el móvil, el avión de Eduardo había aterrizado y ya se dirigía a recoger su maleta.

Miré a ese Brían, no le pedí el teléfono -craso error- para jugar a la seducción otro día. Estaba cansada y hay un tempo para todo: él suyo ya había pasado. La ocasión se había esfumado como el humo del cigarrillo que pisaba ahora con mi sandalia.

Me gustó que mintiera porque se sintiera atraído por mí y me despedí con una leve caricia en la mejilla y un beso que deposité en la comisura de sus labios. De un lado al otro, pasé rozándolos con los míos y le dejé un beso más en la otra esquina de su boca.
Olía bien, a pinos calientes por el sol en un atardecer de verano. ¿Nos volveremos a ver? aventuró. Le dije que sí al oído, con sus antebrazos todavía agarrados por mis manos... "Seguro que sí..."

Ví como me sonreía Eduardo y lo saludé con la mano en alto. Al agitar mis dedos en el aire, un perfume de resina y pinaza envolvió a todos los presentes y despertó un deseo irrefrenable de pegarme a su cuerpo.

El cielo verde cadmio oscuro se salpicó de luciérnagas exaltadas que nos acompañaron hasta mi cama...

( Niño Melón me invitó a escribir este texto, complemento de otro suyo. Espero que le guste y a los demás, también. Gracias)

martes, abril 18, 2006

ofrenda

Duermes en espiral.

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Cedo al vértigo y mi boca escala tu cuerpo:
besos de nácar te perlan los sueños.


foto: New Breast Shell de Paula Moss


miércoles, abril 12, 2006

la herencia (II)

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Second story sunlight de Edward Hopper

Salí a fumar un cigarro a la terraza. No fumo hace tiempo -aunque siempre me gustaron los habanos del viejo- como tampoco suelo beber aguardiente, fue una excusa para dejar a aquella pandilla de alimañas descuartizarse entre ellos sin mi presencia "perturbadora". Mercedes dice que no me entienden y que por eso les asusto: soy yo quien no comprende nada. Yo sólo me dedico a escribir, no me meto con ellos, los "superiores", la aparente perfección: jueces, legisladores, matasanos... Una vez muerto el viejo -el único que se merecía mi respeto en esa familia- todo habían sido discusiones constantes, contra la última voluntad del patriarca, por resolver quien había obtenido la mejor parte del pastel.

Ya afuera, descubrí en la terraza de la casa de al lado a aquella mujer coqueta, medio desnuda, inmóvil como un lagarto y dorada por la luz del atardecer. A su vera una viejecita pintaba un cuadro. Mis ojos no podían apartarse de esa hembra de mediana edad, entrada en carnes aún prietas. Le dí una calada al cigarro y un sorbo al vaso de kirsch y me bastaron unos segundos para imaginarme hundiendo la cara entre aquellas tetas orondas como melones que se intentaban esconder tras un diminuto triángulo de tela. La visión me satisfizo tanto que me animé a evocar un poco más mi fantasía y penetré en ese abismo, moví la cara, mi boca yendo de un pecho a otro, para devorar un pezón y otro. Comencé a excitarme y ponerme nervioso porque adentro los carroñeros bramaban, afuera el mar rugía y las mujeres permanecían ajenas a mi presencia silenciosa. Pegué otro trago. Mi cabeza caliente siguió bajando por el vientre de aquella mujer, una "gracia" de Rubens, y metí mi lengua entre los voluminosos muslos, saboreé el punto justo de sal y acidez de un molusco bivalvo que encontré con mis dedos entre sus mil pliegues...

De repente cansada por la postura, se incorporó un poco -sus carnes se agitaron como una ola violenta- y levantó sus gafas de sol hasta la frente al advertir que estaba yo, allí, parado a unos metros. Ajena a la lujuria que había despertado en mi, me saludó con una sonrisa de dientes irregulares, resuelta y simpática. La vieja miró también pero siguió con su cuadro.

Lento, sin apartar la mirada de su boca encantadora pegué el último trago de mi vaso y apagué el cigarro.

Mercedes se asomó entonces a la puerta de la terraza para decirme que los hermanos habían llegado a un acuerdo: " Carlos odia este lugar y prefiere el despacho que mi padre tenía en el centro. Sé lo mucho que te gusta la playa: ¿Qué te parece que nos quedemos con esta casa?"

viernes, abril 07, 2006

muerte en el Jerte

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Las flores se han vuelto negras,
las ramas se derraman
ensangrentadas.
Hoy huele a muerte.

Este verano no habrá ni una cereza.

martes, abril 04, 2006

me quedo en este puerto.

foto bahía - 25/03/2006


Calada hasta los huesos por tu lluvia de besos, me arropas con el embozo perfecto de tus caderas sabias, mojadas de olas que arrasan por encima de cualquier borda. Compenso tu estabilidad con viento en popa: que mis piernas abracen sin secretos tus palabras.

(Alisia tu voz, inventas poemas de mi cuello a tu pecho. Le susurras a mi vientre de arroyos bajo el puente que mi geografía de cuevas y dunas reside en tu isla -centro de mi paisaje- en un mar sosegado, alejado de turbulencias. Y sonríes)

Cantan tus dedos sirenas de arrebato
que arrancan oleadas de espuma
placer de piezas encajadas
en mi espalda de seda
-savoir faire, trop bien faire-
con un mástil sin lamento,
más gemidos de amarre,
y caricias salpicadas de sal
a ritmo de adivinanzas y, yo solícita,
de tu equilibrio en mi cadencia.

Como locos de atar en un manicomio que flota sobre las letras somos balsa que sobrevive a las mareas (las bebemos sorbo a sorbo para bajarlas); a furias que tratan de anestesiarnos los versos; a azotes de huracanes místicos y sortilegios a golpes de timón. Somos sueño de veleros.

Quedémonos en este puerto.

viernes, marzo 31, 2006

rendirse

foto bahía - 01/01/2006

Perfectas listas de rayas verticales alineadas, columnas de 7 marcas, talladas hendiduras en la madera, surcos labrados, joyas de precisión de reloj suizo, iguales y equidistantes, pirograbadas. Pensó tachar días en un calendario o en una agenda, tal vez más práctico para cargar encima en los viajes. Pero no quiere papel: los dedos sudan, se mancha y se doblan las hojas. No soporta los libros subrayados ni las esquinas de las libretas arrugadas. La pulcritud de los rasguños uno a uno, milimétricos, hechos con el punzón caliente al rojo no se pueden confundir nunca como el trazo del bolígrafo lo haría con la cuadrícula impresa de un calendario o las líneas de un cuaderno. Contempló la posibilidad de utilizar una pda pero las pilas, la batería, la recarga y los cables se le líaron al cuello y lo asfixiaron muchos antes de alcanzar la tienda para comprarla. Los dos minutos que emplea en hurgar en la madera suponen el ejercicio diario de concentración, aíslado de todo, él, la madera y Grace. Siempre le gustó Grace y a veces la línea toma forma y es la silueta de un nadador entre las ondas del Mississipi que tararea Buckley mientras desaparece entre las cañas.

Porque una única locura lo persigue todavía: intentarlo de nuevo, volverlo a lograr. Pero sabe que no puede, que no debe, que no resistirá.

Su mentalidad de viejo deportista le transmite que la única forma de llegar a la meta es saltando todas las vallas y hay que relegar al corredor de fondo por nombre ambición, constante, con sus mútiples estrategias para alcanzarlo, a distancia fríamente calculada que vigila para asaltarlo en un sprint final al terminar el día cuando está más cansado: la tentación de intentar llegar hasta ella de nuevo. Y una música, un olor, una foto, una película, un libro le recuerdan un desafío que nunca volverá a superar. Las ganas todavía aparecen en cualquier momento del día, no puede bajar la guardia. Por eso marca cada noche una raya en una tablilla, procura que sea a la misma hora como un extraño rezo diario, una jornada-valla superada, y se duerme. El resto del tiempo desarrolla sus actividades sin levantar sospecha sobre las imágenes de resistencia a las corrientes y fríos de 16ºC que cruzan su mente. Trata de distraerse: juega al ajedrez en local alejado de la playa, lee sobre cualquier cosa que nada tenga que ver con los océanos y paisajes marino o se sumerge la cocina con libros que explican cómo hacer un soufflé, carnes o utilizar las hierbas aromáticas.

Una noche se atreve y baja a la playa: cree que ha llegado la hora de despedirse definitivamente. El culo sobre las rocas y los ojos en la luna llena de marzo, junta todas las tablillas y las cuenta: 8, una a medias, piensa que es el momento de decidir, lleva "mucho recorrido" se sonríe amargamente, ya está lejos de la tentación.Su intensa preparación física fue abandonada el dos de julio pasado al regresar a la vida. Su cuerpo flácido y gastado apenas revela que algún día fue un finalista de natación en México '68. Sabe que, a estas alturas, el deseo de cruzar a nado los 17 km del estrecho para alcanzar la costa africana ya no es un desafío, es una locura. Un imposible, una odisea: son sesenta años. Resistir a la tentación o rendirse. ¿Destruirse en el mar?.
Deposita las maderas en la orilla y deja que sea el agua la que decida: si las olas se las llevan a África, se irá tras ellas.

martes, marzo 28, 2006

la ventana

Mirarme adentro y verte.

foto bahía - 25/03/2006
Y afuera, todo el mar.

lunes, marzo 13, 2006

mediocre atraco a mano armada

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recitar dipinto - Marco Manzella


sin sentido
líneal, paralelo
perpendicular
apenas
mínimo
rasguño
nervios irreales
cruzados
holograma vibrante
cicatriz postiza:
ni honda, ni superficial
en versos cíclope
pretexto, palabras
núbiles lágrimas


lo clamo
a gritos, a piel
a pelo, a fuego
a este anhelo
lo designo
ardiente deseo
sin pretensión

je m'en fous!
si
otros
malogran
tergiversan
trafican
con minúsculas
nauseabundas
y
lo denominan
Poema


...Y están los poetas de verdad. A estos los leo y los admiro:

Ínsulas y guijarros
La poesía es un atentado celeste
Ventana azul
Lenguaje primordial

sábado, marzo 04, 2006

recursos de pintor


San Salvador de Bahía - foto de Manfred Leiter

Todos aquellos meses, el pensar que ella no quisiera volver a verlo le había provocado unos segundos de pánico diarios que fue envasando en bolsitas de tela de gasa blanca, acopiadas en una bombonera de metal. De cada bolsita de pánico desvaído hizo una infusión con aroma a calma -añadió unas gotas de sosiego- que ahora bebe hirviente para que le espante los vestigios de la angustia y le derrita los miedos.

Sorbo corto, vaho en el cristal y mirar al mar por la ventana para pedirle prestado algún vértigo azul con el que pintar el retrato de una mujer de agua evaporada.


lunes, febrero 27, 2006

carnaval (tratemos de mudarnos a la jarana)


foto: 1r premio en disfraces de Gatos 2006: Macedonia de gatos con frutas.

Se asoma a la ventana, la ve, se le desvanecen todos los fantasmas, se le pasan los malos rollos. Lleva sombrero verde lima, sonrisa de bicarbonato y la mirada chispeante de esos ojillos rasgados que anuncian bolsitas de té y rajitas de cítrico.

Yo en la calle, me relamo los labios....

(Rápidamente me palpo la cabeza para comprobar que llevo bien puesto el sombrero cereza y me atuso el flequillo)

Con una pirueta ágil se cuela por la puerta entreabierta y se me escapa una sonrisa al ver la suya. Y ya no sé si es la mía la que veo o sólo es un reflejo de la suya en mi cara de espejo. Ya no sé si sonrío o le miro sonreír la faz de limón que se le ha puesto.

Ya no lo sé... Pero, mientras sambean nuestras ocho patas acera abajo, nos enredamos las colas, nos asaltamos sin chistar para lamernos larga y lentamente los bigotes (me sabe a sol y a helado de melón) Veleidades que nos hacen reir.
Quererlo sin más, mon Chat.
(Aclaración: el primer premio fue para los dos pero posó él que es muy fotogénico. Ah... Os aseguro que es mucho más divertido de lo que parece pero le dijeron que, por una vez, se pusiera serio...)

martes, febrero 21, 2006

recuerdo

















grabado de Ana Alberca


Recuerdo esa mañana sentada en la escalera, en un rincón, en la penumbra de un hueco sucio de pintura resquebrajada...

Recuerdo que me asusté, lo vi tambalearse y desplomarse.
No he podido borrar esa imagen de mi retina. Ni esa ni la del viejo escupiendo.

Recuerdo que salí corriendo de allí y en la esquina vomité....
Me limpié los ojos llorosos y los labios con el reverso de la manga. Odio ese sabor acre de mi boca, siempre lloro cuando vomito.

Ahora también vomito desnuda sobre el suelo de porcelanato blanco, inmóvil, fría. El pulso me revienta los tímpanos y la radio de la vecina anuncia las siete de la mañana, el sol madrugador reverdece mis ojos. No miro los tarros, ni las botellas, ni los tubos... Cremas, perfumes, dentífrico.
Evito el espejo, a mi espalda.

Me chupo la sangre que resbala entre mis dedos. Con el dorso de la mano hago el mismo gesto de siempre para limpiarme la boca y me embadurno sin contornos definidos los labios, las mejillas. El sabor agrio permanece, las piernas se me manchan.
El suelo se encharca.
Cierro los ojos de selva y...
recuerdo un paisaje de aguas grandes y tierra roja de Misiones...

(a partir de un comentario en el post El deslumbrante pájaro del azar del blog de Mentecato. Gracias)


martes, febrero 14, 2006

cambios

Él se aproxima por detrás. Lo oye pero no se mueve, sabe cómo se sucederán los siguientes minutos. Sólo se oyen sus pasos sobre la madera y va a depositar sus manos sobre sus hombros y presionarlos ligeramente con sus largos dedos de estéril cariño. Después ella va a mirarlo de lado, con una sorpresa -fingida- y un "No sabía que estabas por aquí...". Y le besará la mano izquierda. Pero no se moverá de su silla y él preguntará "¿vienes a la cama?". "Si... voy en un segundo", será su respuesta falsamente entusiasmada. Y lo oirá alejarse escaleras arriba.

Pero es mentira, no se ha sorprendido de su llegada, ni piensa ir inmediatamente a la cama. Seguirá ahí sentada, una noche más, hasta que se le cierren los ojos y ya no pueda ver más la figura del día que hoy recorta. Porque cada día toma una hoja de papel de 21 por 29,7, siempre blanca, sin explorar, sin vulnerar. Y la recorta con unas tijeras, sin marca previa, sin raya de lápiz, ni de ninguna otra manera poner límites a la espontaneidad, a su cortar perfiles frenéticamente según le dicta la memoria del día. Y si el día fue alterado resulta una figura puntiaguda, comprometida, violenta, perforada. Cuando el día ha sido apacible, la memoria y los dedos se alían a las cuchillas para bordar silencios, adornada con relieves de olas de espuma, mansos recovecos y dóciles curvas. Los días apasionados paren figuras arrebatadoras, ángulos seductores y ambas faces cautivadoras.... Cuando le entra el sueño, tira la figura a la chimenea y se acuesta al lado de un cuerpo que no la calma.

Esa noche se decide y le anuncia a su marido que lo deja. Ese hombre nunca le brindó su misterio, ni le llenó la luna, ni la persiguió con su risa. Él, circunspecto, acata el discurso. De nuevo disimulo y mutismo. Ella derrotada por tanta parquedad recoge sus pertenencias y prepara su equipaje.

Ya de madrugada dormita sobre la mesa cubierta de papel tenso de perfiles abruptos, restos arrancados en hirientes miradas bruscas y reproches olvidados se mezclan con pedazos de desgaste perdidos en la silencios. Mientras los gatos descansan junto a la maleta se acerca su marido, siempre por la espalda, y le susurra las palabras que nunca antes le dijo, las que ella ya no espera, las que deseó escuchar durante años y ahora ya no. Y la besa, la huele, la absorbe y la despoja de argumentos...

Un trece de octubre ese hombre le robó el alma. Perdió la memoria que la liberaba y, con ello, el porqué de una maleta preparada. Su ropa regresó a los cajones y al espliego. Todo volvió a su sitio. Su mente yace mezclada con días intensos olvidados, olor de almizcle, el número de teléfono de un desconocido y un montón de cenizas en la chimenea apagada.

Desde entonces recorta cada noche, desesperada, la misma figura amorfa. Sus papeles ya no perfilan la vida batida con emoción o rabia. Un día es igual a otro, cada día igual al anterior.

Pero ya nada es igual...

lunes, febrero 06, 2006

la herencia

foto de Eduardo Wallace


Se sentó frente al armario del desván durante una hora. No se decidió a abrirlo hasta que hubo fumado tres cigarros, desgranado 48 pensamientos, rechazadas 14 idas y retornos sobre si abrir primero la puerta de la izquierda o la de la derecha primero, estornudado 17 veces, quitado y puesto la chaqueta azul de lana -por frío o por calor- en tres ocasiones y levantado y vuelta a sentarse en el taburete media docena de veces más.

Abrió completamente las dos puertas blancas y se encontró con cuatro estantes repletos de cajas de cartón como las de zapatos, decoradas, perfectamente ordenadas por fechas y entre paréntesis, con impecable caligrafía y tinta negra, un referente o el absurdo motivo que anunciaba el significado de cada época. Quince en total, con lapsos de cinco años en cada una.

Cogió las seis más antiguas: treinta años en total. La edad justa de su madre cuando la trajo al mundo, la época que desconocía de su progenitora: la infancia, la adolescencia, sus primeros años de adulta.... ¿Qué habría? Recordaba haber visto a su madre cerrar cajas y armario sin vislumbrar nunca nada más allá de los brazos o la espalda. ¿Qué habría? Recuerdos: las fotos, tal vez dientes de leche, algún muñeco sin ojo o brazo, una cinta de raso para el pelo, un calendario de bolsillo, un poema de amor, un sueño escondido, una flor seca...? Nunca su madre le había permitido abrir el armario, nunca supo nada de su contenido, nunca aquella mujer convencida de que lo mejor de la vida era vivirla, apasionadamente, con respuesta y soluciones para todo, le había mostrado lo que guardaba en las cajas. Era el diario personal que ahora, una vez muerta su madre, ella vulneraría.

Lo que encontró en cada caja no eran una trenza de cabellos, ni una canción italiana de los años sesenta, ni un collar de cuentas de madera.. No halló más que preguntas anotadas con diferentes caligrafía pero todas de su madre. Al principio, preguntas infantiles sobre si los Reyes Magos existen o porque el cielo es azul si el aire es transparente, la luz de las luciérnagas y qué ocurrió con Pepe, el gato castaño de ojos miel que se fue. En la segunda caja más preguntas, sobre dios y la muerte, sobre el miedo, los estudios o la suerte. Más tarde sobre el amor, la inteligencia o los chicos; sobre si algún día seré feliz, huiré o me acostumbraré a las noches. En la quinta, la sexta, será feliz, sabré protegerla, sabré darle lo que necesite, seré fuerte, ¿¿será inteligente?? ¿me iré algún día?...

Siguió abriendo cajas y encontrándose con numerosas preguntas que se multiplicaban por cien, y más, tal vez mil en cada caja. Al principio eran preguntas "trascendentes", después aumentaba el número de preguntas absurdas y se llenaban más y más las cajas de pequeños retazos de papeles de colores, arrancados de cuadernos o recortados regularmente, servilletas de un bar, el envoltorio de un pan, cualquier papel, cualquier tinta, pregunta cada vez más trivial sobre los condimentos de un arroz, el color adecuado de unos zapatos o el tiempo que hará en Sebastopol.

(Ya van varias horas en el desván y las preguntas se agolpan, martillean mi cerebro, me devanan los sesos y recalientan mi venas: ¡me hierve la cabeza y me patinan las neuronas! )

Sentada sobre el parquet, rodeadas de cajas y papeles revueltos, decide que su madre guardó todas sus dudas para que ella no las viviera y quema todos los papeles, menos la última caja todavía cerrada, la más fea y pequeña, y deja el armario listo para sus propias preguntas, esas a las que nunca les halla respuesta. Con escrúpulosa meticulosidad limpia de polvo y bichos muertos estante a estante, cajón a cajón y decide que aprovechará incluso la parte del perchero para apilar nuevas cajas. Tendrá que recuperar el tiempo perdido, recordar cuantas veces se preguntó y no contestó y anotarlo todo. Tal vez pueda usar otro método para ordenar por temas, no por edad...

Antes de irse, decide levantar la tapa de la última caja, oye su nombre en terciopelo rojo y encuentra una pistola junto a una nota escrita por su madre que dice: Guarda todas, absolutamente todas tus preguntas sin respuestas, porque esta será la respuesta a la última pregunta.

( vuela una canción de la caja y mis pies por la escalera Je n'en connais pas la fin )

jueves, enero 12, 2006

Caldecott y el destino

Se me ha llenado la boca de arena...

No me fue mal el otro día, llegué primero. Pero esto de hoy... ¡Vaya caída más tonta! Espero que no sea nada y con unas horas de descanso me reponga, no tengo ganas de dejar esto a medias. Abandonar es lo último que me apetece ahora y sólo llevaba 250 km de los 874 de la etapa. ¡Vaya mierda! Iba décimo en la general...

Arggg.... Qué postura más estúpida, me duele el cuello, creo que me he dislocado algo o tengo una contractura muscular de la hostia. Voy a ver si puedo girar la cabeza para mirar para el otro lado, por si consigo ver si viene alguien a buscarme. Si pudiera estirar el brazo hasta alcanzar el manillar de la moto y coger el agua y limpiarme la arena de la boca... Joder ¿Dónde ha ido a parar la moto? Esta si que es buena, después de la apuesta que ha hecho Jordi por mí y del entusiasmo de mi mujer que me animó tanto cuando me invitaron a participar. Fue un golpe de suerte, yo no tenía equipo, ni patrocinador ni nada. Había descartado competir este año y ¡zas! dos días antes de comenzar el rally me llama Jordi y me dice que Durán no va a poder venir que si tiene no sé qué lesión que se hizo en un entrenamiento y si lo quiero sustituír. ¡Una oportunidad única y en el último momento! Mi mujer y mi hijo me animaron: Estaba preparado. "Debo ir, debo aprovecharlo: esto no ocurre dos veces en tu vida. Una posibilidad como esta es cosa del destino..."

Y ahora aquí, tirado... Espero que vengan pronto a rescatarme, me duele mucho el cuello y la cabeza. Y tengo ganas de limpiarme la puta arena de la boca...

miércoles, enero 11, 2006

decisión absurda con efectos secundarios


Esta mañana se ha encendido la luz. Ya sé cómo hacerlo para olvidarte: poco a poco. No, no, para mi las soluciones drásticas como la que me propusiste en nuestra última conversación, no funciona. Cierra puertas, cierra ventanas, borra contactos: no. Seamos honestos: eso es prácticamente imposible. A pesar de la distancia los amigos comunes, los lugares -ciberlugares- que visitamos y frecuentamos ambos, son demasiados... Ummm, "comunes". Habría que cambiar de identidad, cambiar los números de teléfono, las direcciones y comunicar las nuevas a los conocidos. Con lo cual, en cualquier momento, sin querer, aquellos que no saben que tu desconoces mis direcciones, podrían reenviarte inocentemente un email donde yo figurara y tú volver a tenerla. Claro que así también te darías cuenta de que eres el único con el que no me comunico. Porque podría advertir a los amigos de que no te dijeran nada de mi nueva identidad, pero no voy a explicarle a todo el mundo que-no-quiero-que-tú-te-enteres-de-si-respiro-o-no. Además de que no quiero contarlo, es absurdo, no entenderían: a un amigo al que no quieres contactar, dejas de hacerlo, poco a poco pasa el tiempo, y a los meses ni te saludas. Luego un buen día uno dice "hola" de nuevo y la respuesta es " ¡Qué sorpresa!, ¡Cuánto tiempo!¿verdad?". Pero este no es el caso, es extraño, es una extraña amistad, por eso no es este el caso. Si dejamos de saludarnos durante un tiempo, dejaremos de hablarnos practicamente en toda la vida. ¿Si? Entonces ¿Para qué direcciones o ? El tiempo correrá y ya está. Pero cabe la posibilidad de que a alguno le entre la neura y contacte con el otro ¡tenemos tantas formas de hacerlo!

Asi que ¿Cómo solucionarlo?

Ya lo sé... si, he descubierto cómo olvidarme de ti: poco a poco, sin cortes drásticos, sin apenas esfuerzos, sin privaciones, sin prescindir de nada. Tardaré un poco en obtener el resultado deseado pero, como en una dieta de adelgazamiento, estas cosas no se pueden hacer de forma improvisada, ni demasiado rápidamente, porque acaba por ser contraproducente y provoca el resultado contrario. ¡Voy a dedicar un tiempo cada día a olvidarte! ¿No es fantástico el método? Al principio, poquito rato, un minuto, por ejemplo. Pero con empeño y decisión. Es como empezar a realizar una tabla de ejercicios e ir augmentando poco a poco el tiempo destinado: se te pone la tripa dura de hacer abdominales en unos meses, casi sin enterarte.
Si dedico un minuto diario con atención y concentración a olvidarte y a los tres días aumento el tiempo de práctica a tres minutos y a los tres días a cinco, despues a 10, sigo aumentando a 20, 30, 45, 60, siempre calculado, siempre a la misma hora -a primera hora al levantarme es buena idea, fresca al despertar como estaré- en unos meses ¡habré conseguido olvidarte durante medio día! Y si me levanto un poquito más temprano para empezar al alba, para la hora de comer, ya no me acordaré de ti. ¡Genial! En un año, la costumbre de practicar tu olvido durante medio día, la facilidad con que ya lo haré, mi habituación al hecho de olvidarte será tan grande que conseguiré que el resto del día no me acuerde de ti como una simple continuación de los efectos logrados por la mañana, como si de una sedación se tratara.

¡¡ Mañana empiezo: tengo que acordarme de poner el despertador a las 6.00 h. para empezar a olvidarme de ti!!

viernes, enero 06, 2006

predicciones y arañas


Llegué antes que él y no tenía llave para entrar. Me senté aturdida en la escalera de la casa, esa casa inglesa en la 63, entre la 2a y la 3a, y vi una araña acercarse, la pisé instintivamente. No tengo nada en contra de las arañas, no me dan asco, ni alergia, ni nada. Pero ese tipo dijo que había que matar a las arañas en cuanto las viera porque si no lo hacía así, te ocurría algo que no recuerdo qué era, pero no me gustó nada, nada, porque, además, lo afirmó y lo reafirmó y me contó que a un primo suyo que no le hizo caso le pasó algo de eso que sonaba fatal y olía peor, como un pedo tirado en un ascensor, de esos de haber comido legumbres o coliflor... Yo me quería ir de la parada pero el autobús no llegaba y el tipo siguió hablando de su mujer que llamó a una pitonisa-tarotista "de confianza" y esta le dijo que tuviera cuidado con las "arañas". Y su esposa tiene fé ciega -yo no tanto, puntualizó- pero lo cierto es que, desde entonces, no hemos vuelto a almorzar nunca más en la mesa central del restaurante del Ritz. Y hablaba el tipo y yo me mareaba y en todas partes veía arañas y a punto estaba de vomitar cuando, en un descuido de su mirada perdida, conseguí zafarme en un taxi y mientras el taxista me preguntaba y yo contestaba que rápido a la 63, entre la segunda y la tercera, el hombre coló su cabeza por la ventanilla y con su voz de tintineo de copa de champagne me sugirió que me escondiera de su mujer porque si se enteraba de esta charla, creería que nos conocíamos, que habábamos frecuentemente o que éramos amantes: "Tu sensibilidad, esa mezcla de dureza y fragilidad de cristal la pondrá muy nerviosa -no soporta que le puedan hacer sombra, susurró-, eso le hará proferir uno de sus gritos muy agudos de soprano para romperte en diez mil pedazos. Después te pisará la cabeza hasta pulverizar tus trozos crujientes de lágrimas de araña en el suelo."

sábado, diciembre 31, 2005

sin moraleja ni despedida


Huele a sangre. Le cuesta abrir los ojos, el izquierdo se le resiste un poco más. Está tumbada sobre el lado derecho. La boca seca... con sabor a sangre. A su alrededor, las paredes refulgen brillos dorados y rojos. Levanta un poco la cabeza y abre el ojo izquierdo, consigue enfocar mejor: es Navidad, sí, pero no son las bolas de ningún arbol. Son los barrotes de su jaula y su propia sangre: dorado y rojo. Está aturdida, le duele la cabeza y todo el cuerpo, trata de incorporarse. Se descubre una brecha en la cabeza que ha vertido sangre sobre su cara y una herida en la boca. Sus hombros no están mejor y sus alas desgarradas. En el suelo descubre algunas plumas y excrementos. El agua está derramada. Daría cualquier cosa por un trago de agua, por bañarse en agua fresca, por recomponerse y limpiar sus alas. No tiene fuerzas y debe intentar salir de ahí de otra manera. Recuerda que anoche, cuando él vino a dejarle sus palabras suspendidas en el aire y desapareció de nuevo, se le aceleró el pulso y se volvió loca. Él le habló dulcemente de la Navidad, de la felicidad, de la calma, de los adornos rojos y dorados del árbol, de los regalos merecidos por redimirse de un dos mil cinco que ya se acaba, de mirar por la ventana y ver los árboles desnudos... Que nunca volarás, pequeña, porque te quiero conmigo, te necesito y tú me necesitas a mí. Pero ¿dónde vas a estar mejor que aquí, conmigo?

Y se volvió loca. Lo había intentado todo para salir de allí: trató de persuadirlo con su canto bellísimo, le demostró su afecto cuando entraba en la pieza con un batir de alas y un gorgojeo de pajarillo alegre, tuvo paciencia cuando él desaparecía por días y ni le cambiaba el agua, pero nada funcionó. Él no la dejaba libre. Y ella, en su jaula colgada frente a la ventana, no soportaba sus escenas de felicidad con la paloma en la plaza, volando sobre los matorrales y los árboles y él corriendo con los brazos extendidos. Luego regresaba con una migas para ella y le decía: "¿Ves, mi Canaria hermosa? Pensé en tí: te guardé estas miguitas. Tengo que cuidarte, con tu canto me ayudas a crear las mejores poesías" ¡Y se iba!

Así que ayer, cuando vino a hablarle de la Felicidad, decidió escapar como fuera aunque se matara en el intento. Se golpeó una y otra vez hasta quedar aturdida, ensangrentada, destruída y con ese aspecto deplorable, quedó inconsciente durante horas. La despertó la luz del sol, pero ahora que se puso en pie y se alisó las alitas y el pico le sabe a sangre, se da cuenta de que le han abierto la puerta. Y sobre el marco de la ventana vé a la Paloma que la ha liberado de su tortura: ¿Es lo que querías, no? le dice ufana, orgullosa de protagonizar completamente la película. Hasta en los títulos de crédito del final... Y le guiña un ojillo negro. Es lista, sabe que si me voy, recibirá todas las atenciones del amo de la casa, aunque sólo sepa emitir sonidos monótonos...

Duda un instante la Canaria: Le gusta el entusiasmo del hombre y quiere un montón a ese hijo de puta... ¿Lo perderé para siempre? Triste resuelve: No lo he tenido nunca....

- ¿Y él?, no puede reprimir la pregunta con un hilo de voz a la Paloma.
- No es la primera vez, ni la última: el año pasado retuvo a un ruiseñor, una hembra espléndida, durante tres meses, que le daba esperanzas con su canto y otras cosas. Y añade jocosa: Vuela, ve, yo me ocupo de él, siempre se queda con el ave gris perla, la enfermera que merodea cerca y le ofrece la seguridad de la plaza. Es feliz conmigo.
- ¿Qué le dirás de mí?
- Creerá cualquier cosa que yo le cuente sobre tí... ¿¿Quieres que le diga que esta mañana has cantado cinco veces para despedirte de él??

No le gusta a la Canaria esa voz monocorde, almibarada y falsa que utiliza la Paloma. Es la voz de "agradar-a-las-visitas" Sin embargo, en a plaza la ha oído chillar, chillar, chillar... Pero no quiere dejarse arrastrar de nuevo por esos pensamientos.
Por toda respuesta mira por la ventana abierta y, liberándose del dolor, bate con todas sus fuerzas las alas amarillas y rojas. Se va sin sonrisa, ni despedida.

miércoles, diciembre 28, 2005

regalos navideños


Te dejo unos cuantos besos colgados en mi árbol de Navidad. Dada la latitud de mi lugar de residencia, la temperatura en esta época es muy baja y los besos estan congelados, envueltos en cubitos de hielo de colores.

Puedes dejar que la calefacción los derrita y acaben deshechos en el suelo y se los lleve un gorrión de los que merodean en el aféizar de la ventana en
busca de las migas de pan que les dejo cada día, al ventilar la estancia o...

...puedes acercarte a las bombillas intermitentes para que te iluminen los ojos; dejar que las ramas tiernas con su olor a pino te acaricien el cuello y poner tus labios sobre uno de los cubitos para chuparlo, lamerlo, y saborearme, poco a poco. Cuando llegues al centro y no quede hielo, me beberás en el beso que tan exquisitamente he seleccionado para tí.

Siempre me gustó cuidar los detalles.

miércoles, diciembre 21, 2005

miedos



Cacerola esmaltada de Picasso, regalo que me hago

Es una historia oída mil veces, incluso se atrevería a decir que la oyó más de dos mil. Sí, tanto la conoce que la podría recitar de memoria como si él mismo la hubiera escrito. Es una historia triste, de esas que se clavan, que torturan, te esclavizan, te hacen volver a ella para escucharla de nuevo, con matices distintos, con entonaciones dramatizadas en exceso, con gestos de lástima en las manos o cejas alzadas en dudas en el rostro del que la exprime y seca.

No recuerda cuando fue la primera vez que la escuchó... Es curioso, en una película cualquiera el protagonista atormentado, con sombrero de medio lado y rostro taciturno, habría recordado bajo la luz mortecina de una farola del callejón, el momento exacto en que oyó por primera vez aquella historia. Pero no, esto no es una película y no funciona así. Esto es real y no sabe cuando ha comenzado a acostumbrarse a aquellas frases, ni tan sólo recuerda si se animó a perseguirla por la ciudad la primera vez que tropezó con ella o fue tras varias audiciones fragmentadas, inapreciables, tal vez parciales, que se enganchó a esas palabras, al principio por la cadencia, por el ritmo.. Pero el significado de esas palabras se entretiene en su memoria y se niega a desembarazarse de ella. Ya no sabe si ha determinado el transcurrir de sus días, no recuerda si antes de conocerla, todo tenía un sentido distinto. Lo cierto es que le gusta llevar sombrero, prefiere pasear por las calles mal iluminadas y su cara afligida que se debate entre las ganas de sorprenderse y la de exteriorizar sensaciones iluminadas, guarda cierto parecido con el principio de un tango: rara, como encendida. Pero no tiene nada que ver con una película de suspense, no es el protagonista de ninguna historia más que la de su propia vida y esa rara historia da vueltas una y mil veces y le cuestiona, le determina su suerte, ¿La historia lo ha condicionado o él ha adaptado con los años las palabras a su vida? No, está seguro que todo el mundo la conoce y la oye igual que él... Todo gira alrededor de esa historia o esa historia se ha fraguado en todos los aconteceres diarios. Cuenta los pasos de sus pies al vaivén de esa letanía y se atormenta, se obsesiona y la busca en los cines, en la radio, en las notas de una sinfonía, en las gotas de lluvia, en los coches en la carretara, en el girar de una rueda, en el chirriar de las bisagras, en la voz de una telefonista, en el pulso del latido de un corazón de una mujer desnuda... Pero si no la oye se desespera, teme que sin ella ya no valga nada su vida.

Una noche se despierta empapado en sudor y comprueba que tiene la mente en blanco, que no recuerda nada, que es incapaz de recuperar una historia que le atrofia las cuerdas vocales y le vacía las cuenca de los ojos, se levanta sin esas palabras que se han repitido tantas veces en su cabeza como un martilleo incesante. Se asoma a la ventana y sólo oye los grillos en la noche veraniega. Ni rastro de la historia. Nada. La ansiedad lo lleva a lanzarse por una ventana del quinto piso. Cae sobre un coche con la radio encendida mientras suena una estupidez sobre " escribir la canción más bonita del mundo..." pero el capó no amortigua suficientemente el golpe y se parte el cuello. Como una última exhalación de sonido apenas audible, por su boca se escapan por primera y última vez las letras libres de una historia que no cesará nunca mientras los poetas sigan creyendo que las ventanas les salvan de vivir.

miércoles, diciembre 14, 2005

novelas


Foto: Acantilado de Los Gigantes en Tenerife.
Conoce a una mujer que no es la suya y que lo descubrirá hasta la médula. Le dice "Voy a escribir una novela ¿me ayudas?"

Pasan cinco meses de preparación en secreto: recogen datos, le cuenta, la besa, prioriza, anotan, asimila, acaricia su cuerpo, corrige, le consulta, la busca, la penetra, se aturde, se concentra, se ríe, encuentran, se entusiasman, anota, vuelve atrás, reclama, llora, le da a leer, rellena, le pide ayuda, opinión, nada con ella, recuerda, escriben, le hace el amor, le pregunta, se sorprende, se enriquecen, se inspira, descubre, le promete, nada en ella, la desea, anota...

Un día, pasados cinco meses, escribe la primera frase de su ansiada novela:

"La esperanza que puse en esta relación es que si uno se quiere, puede tratar de arreglar las cosas.... "

Lee la frase y se asusta. Sin mirar a la mujer que lo conoce hasta la médula y lo adora, se gira cadáver de ojos hundidos y la deja con la luz apagada. En el camino de regreso tira la novela por el acantilado. Vuelve a casa, al precipicio, al borde, vuela hasta la mujer que lo desconoce, a su mujer, a la que era, que nada sabe de su novela, de sus cinco meses, ni quiere saberlo, ni le importa.

Fin de la novela.

Ella, la que lo conoce, la que lo adora, recupera todos los datos compartidos durante cinco meses. Escribe una novela donde cuenta que un hombre que intentaba escribir una novela regresa a los brazos de una mujer que juega a ser Dios.

Fin de la segunda novela.


Best-seller del año 2005.

(En la contraportada, una foto de la autora: muñeca rubia con el alma atravesada por alfileres)